tomanotas

nas ondas do rádio

Desde muito novo sou fascinado por tudo o que me ajuda a projetar o que é existir em outros lugares deste planeta. Adoro explorar mapas, trocar cartas e postais, ouvir rádios, ver câmeras ao vivo e acompanhar coberturas televisivas de cidades onde provavelmente nunca vou por os pés – uma espécie de exercício de conexão que me permite não só imaginar como é a rotina em outros cantos, mas confirmar também, seja de maneira visual ou sonora, que há vida lá fora e que ela segue o seu curso.

Pensando nisso, foi muito feliz o reencontro que tive com o livro La radio puesta, do escritor Javier Montes, quando no início desta semana vasculhei o Kindle atrás de uma nova leitura. Já nem me lembrava que tinha esse título na biblioteca, mas acho que esbarrei nele no tempo certo, não só porque gosto do assunto mas também porque o autor traduz e ordena com muita propriedade percepções que também tenho, mas que eu não seria capaz de manifestar tão bem se me aventurasse a falar a respeito.

Quero explorar esse tema num futuro próximo, então não me estendo e pulo direto pros recortes que separei sobre a magia que resiste no ato de sintonizar o rádio, nas palavras de Montes:

(...) cuando ponemos la radio no sabemos lo que nos espera. Al encenderla abrimos una de esas espitas por las que entran el azar y la sorpresa en nuestras vidas regladas.
La radio es astuta en su trato con esos miles, millones de solitarios: finge resignarse a ser ruido de fondo de sus vidas, y desde ese segundo plano, sabia, lenta, destila e inocula su esencia: más que demandarles su atención, les ofrece su compañía.
(...) acompañar y distraer no son exactamente sinónimos. La compañía es una presencia de baja intensidad, que permite su olvido intermitente, que nunca exige, pero siempre acoge nuestra atención.
(...) a un nivel simbólico la radio no funciona solo como un aparato receptor de señales sonoras: quizá también emite nuestra propia señal silenciosa. Permite recibir noticias del mundo, pero también puede ser una forma simbólica y secreta (imaginaria, sí, pero lo imaginario, por supuesto, también es real) de darlas, como quien enciende una baliza de posición en la noche o hace sonar uma campana de niebla en alta mar.
Es un ritual que puede parecer anacrónico y trabajoso, pero que (o justo por eso) cumple su función y tiene su sentido. El placer de la petición cumplida no será solo, ni sobre todo, el de la satisfacción de un deseo, sino el de constatar el efecto de una acción propia en la realidad del mundo. Mediante esa artimaña se pone en marcha una dosificación más pausada del tiempo, se crea una espera que dota de estímulo y propósito al pasar de los días, se confirma el vínculo hasta ese momento imaginario e invisible con la comunidad de oyentes. Es una pequeña ceremonia, y las ceremonias, su aparente ineficiencia en tiempos ultraeficientes, la satisfacción oblicua que proporcionan, son valiosas y necesarias.
Al encender la radio entramos en el marco simbólico de una lógica de flujo: nos incorporamos a algo que ya estaba en marcha y que sigue su camino sin detenerse, en que cada segundo único e irrepetible se engarza con el previo y el posterior en una cadena de relevos garantizada indefinidamente. Los contenidos se suceden, pero la radio permanece, y al ponerla no solo nos liberamos de la necesidad de elegirlos, también sentimos el alivio que produce la despreocupación de que se acaben.
La radio se despliega en el espacio auditivo y en el espacio temporal: a diferencia de los contenidos visuales de otros medios, no requiere que “suspendamos” nuestro tiempo: seguimos viviendo nuestras vidas mientras la oímos, y su contenido, de alguna forma, se trasplanta a nuestra propia existencia y se funde a nuestros ritmos vitales. Su transcurso y el de nuestras vidas van al unísono, y así también pone en relación lo particular y lo universal: entre el Tiempo único que todos compartimos y la forma particular e incompatible en que cada uno dispone de él y lo administra.
(...) la mayor sensación de lejanía y extrañeza la dan las emisiones desde los lugares del mundo donde (o cuando) es noche cerrada: son los programas del “turno del cementerio”, como se llama en la jerga de la radio a las emisiones posteriores a la medianoche, cuando abundan las llamadas de oyentes reclutados entre insomnes, taxistas y vigilantes nocturnos, a quienes los locutores dejan hablar sin cortes (cada oyente que llama a esas horas es un tesoro).
No oímos las voces, no oímos la música ni los programas: oímos la radio misma. Todavía la ponemos, y dejarla sonar mientras vivimos es también protesta y contraseña: un gesto diario y compartido de resistencia a apurar nuestro tiempo que quizá acaba devolviéndonoslo.

#literatura #recorte