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o entusiasmo: precariedade e trabalho criativo na era digital

Trechos de El entusiasmo: Precariedad y trabajo creativo en la era digital, de Remedios Zafra.

No sin contradicción, muchas personas preferiríamos el camino de la creación modesta pero libre a la acumulación y riqueza subordinadas a un trabajo sin pasión.
Comienza así una vida permanentemente pospuesta, una cesión del tiempo de creación al futuro, una encadenada y constante inversión para lograr recursos mínimos pero suficientes, proporcionando algo de dinero y restando a esa pulsión sentida gran parte del tiempo, cedido ahora al sustento y a la apariencia.
(...) nunca una creación se hace aislada del mundo material. Toda creación siempre es atravesada por las cosas cotidianas de la vida: el trabajo, el dinero, los espacios que habitamos, nuestros cuerpos y deseos, esa maldita preocupación.
Hoy el tiempo es un bien escaso, tan repleto de trabajos y tareas burocráticas y tecnológicas que apenas aparece a intervalos pequeños, difíciles para la concentración que precisa ejercitar, formar y practicar eso que punza.
El entusiasmo, cuando viene de la pasión íntima, requiere espacio y tiempo. Tiempo, decimos. Infiltrando un punzón en esta página-piedra, dejando un hueco, un intersticio blanco, encorvada y en silencio unos minutos, observo la rareza del gesto entrenado en ese invento capitalista que es la prisa.
Es tan mágico encontrarse a personas brillantes armadas con libros, disfraces o tecnología y una expresión en sus caras de quien descubre la complejidad y la potencia de lo sensible con extrema y violenta libertad, hilando proyectos con intensidad, confiando en que podrán hacerlo; como cruel descubrirlos años más tarde impostando sonrisas en pasillos y salas de espera, con actitudes que han abandonado la actitud, perdidos entre cordilleras de certificados, caducos perfiles de especialización que no les motivan y neutralizados en bolsas de trabajo precario. Esas ventanas que imaginaron debieran poder abrirse.
Exagerar las formas de mostrar un interés por una práctica es algo hoy incentivado por el sistema de mercado, animado como criterio para diferenciar y evaluar a los candidatos a un trabajo.
Pasa en este contexto que el exceso que condiciona la volatilidad de la vida online genera sensaciones contrapuestas. De un lado, la imposible saciedad ante la glotonería de querer tenerlo todo, sabiendo que una vida no daría para ver, leer, consumir tanto.
(...) guardar, no tanto como esos perros que esconden los huesos pensando en un después, sino como esas personas que acumulan y acumulan por defecto, pero con variantes más cercanas a lo que preconizaba el Diógenes clásico defensor de la privación y la independencia de «lo material». Porque ahora es «lo digital» lo que guardamos. Y en la dimensión a la que esta práctica apunta observaremos que sí requiere «lugar». Por ello, así como ampliamos habitaciones, ahora cambiamos gigas por teras, y discos duros por nubes para acumular y acumular por defecto, por si acaso.
No está claro en qué momento la vida real se aplazó a un futuro que siempre se pospone, mientras los jóvenes envejecen como becarios, interinos frustrados, cuidadoras, camareros y teleoperadoras. Para quienes tienen pocos años es fácil considerar la vida como algo a punto de empezar, pero la juventud se apaga con el tiempo. Esa inconsciente tentación que se convierte en hábito de aplazar la vida a un «después de» (imaginando que la juventud, la salud y la energía estarán siempre).
Difícilmente reconoceremos que en el impedimento también habita la vida.
Me parece que aplazar lo que consideramos «verdadera vida», movidos por el deseo de plenitud e intensidad futura, puede funcionar como mecanismo conformista que nos permite resistir sin hacer la revolución.
(...) es quizá en el fracaso público donde más libertad encontramos, pues es un lugar tan oscuro como discreto.
Una vida evaluadora y evaluada que encaja llamativamente en la cotidianidad de servicios precarizados y en sus correspondientes sistemas de calidad y atención al cliente. Cotidianidad repleta de teleoperadoras que atienden nuestras quejas y trabajadores que sirven nuestras mesas, hacen informes y siempre son evaluados. Una masa hipervisibilizada y expuesta tras la que se esconde una estructura de poder invisibilizada y supervisora, sin estar claramente supervisada.
Coincido con las palabras de Adrienne Rich al afirmar que objetividad es el nombre que han dado muchos hombres a «su propia subjetividad».
(...) un presente continuo, donde caducidad y precariedad definen las cosas y «el pensar» sale damnificado necesariamente. Ningún pensamiento resiste sin tiempo y sin pozo. No puede ser que las cosas se hayan reducido a su piel y que cualquier intento por comprender sea delegado en la máquina que cambiará pensamiento por listado, texto por titular, categorías propias por categorías válidas, pongamos «las más vistas» que suelen ser «las vistas por los demás». Hace tiempo que la imagen y el pantallazo se rebelaron frente a la reflexión pausada.
Considero que estas ideas guardan una profunda relación con la deriva hacia un mundo más dogmático y conservador, alejado de la utopía horizontal y democratizadora que muchas personas veíamos (en sus inicios) en Internet. La razón de este temor es clara: son los imaginarios conservadores los que más partido están sacando a la pareja velocidad y exceso. Ante la celeridad, la inercia solo tolera ideas preconcebidas, es decir, aquellas que «ya estaban en nosotros». Justamente las que precisan apoyarse en sensaciones y emociones (gustar, sentir, disgustar, sentirse reconfortado en un grupo –ser de aquí, ser de allí, ser verde, ser blanco).
Cabría renunciar al grado máximo de velocidad de ahora a cambio de recuperar profundidad en las cosas y en sus repercusiones colectivas, mermadas como están las reservas de «inteligencia moral». Esta práctica supondría un ejercicio de responsabilidad y conciencia no solo individual sino también comunitaria. Para ello, serían clave los renovados espacios dedicados al pensamiento libre y al sentido, la alianza tecnológica y humanística desde la creatividad y, muy probablemente, la desconexión temporal.
Volar en sueños me gusta especialmente, a diferencia de volar en aviones, cruzar océanos o mares de verdad. Ahora volar sobre determinados mares es incluso más duro que antes. A poco que uno tenga conciencia y ojos, implica saber que miles de personas que sueñan con volar (escapar, huir, salir, marcharse...) navegan hacinadas, naufragan o mueren en el agua mientras tú vuelas.
El poder del arte radica en el poder de movilizar «íntimamente» nuestra imaginación y nuestros deseos.
Fotografías, vídeos e interacción operan aquí como pruebas de realidad. No importa que esas imágenes sean recreadas o construidas para esa foto, invirtiendo la lógica de compartir lo vivido por «compartir lo que quiero que crean que he vivido».
No basta el espejo, la imagen propia no se construye ahora frente al reflejo sino frente a una foto.
Los muros que separan las casas, como celdas dentro del mismo edificio, parecen delgados, tanto como para que los vecinos (probablemente también entusiastas como ella) se hagan muy presentes, rara vez visibles, pero sí audibles.
Como entusiasta ejemplar, Sibila pocas veces se queja a sus compañeros o jefes, Sibila practica un «cruel optimismo» que se traduce en miedo permanente, en un «sonreír y dar las gracias».
Parece que hay cosas que tanto atraen como horrorizan. Atraen cuando están domesticadas y horrorizan cuando se presentan libres, por iniciativa propia. La precariedad siempre tiene cuerpo y a menudo tiene vulva.
En la soledad online sin embargo no hay presión ajena, solo la propia. La posibilidad de hacer y ser sin exigencia libera al sujeto, hace caer máscaras cotidianas y permite fluir al deseo frente a la pantalla, que se comporta como esa ranura infinita que ayuda a ver sin ser visto, a dejarse ver hasta donde deseas ser visto.
Probablemente sabemos mucho sobre la persona amada, si como la mayoría ha sucumbido a publicar su vida en las redes. Pero aunque gestionado por uno mismo, lo que nos llega es filtrado por otros, interfaceado por la pantalla, repleto de interrogantes y ausencias. Y son esos vacíos los que activan la imaginación sobre un ser que «puede» serlo todo, incluso vislumbrarse sin defectos.
Por eso, la creatividad que surge del entusiasmo sincero es un arma que debe ser radicalmente libre, urgentemente valorada.

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